18 de mayo de 2010

Aportación de Ana Olivares

Cuando yo estaba en el colegio hace muchos, muchos años, celebramos una Eucaristía en una sala, sentados alrededor de una mesa. Era la primera vez que yo asistía a una Eucaristía así y no me dijo nada, echaba de menos la solemnidad de la iglesia templo, los momentos de pie y de rodillas, la campana, el recogimiento, el órgano… era a lo que estaba acostumbrada y me parecía que lo otro era frío y no me decía nada.
Pasaron los años y cada vez asistí a más Eucaristías tipo la primera y llegaron a parecerme las auténticas, vividas con mi comunidad, las que antes me gustaban ahora me parecía que eran frías, la gente no se conocía, no interactuaba, no participaba.
Ahora me gustan las eucaristías en el grupo, en casa, en la iglesia, en latín, en aranés, con cantos o sin ellos, porque para mí es el momento en el que todos los que allí estamos le ofrecemos a Dios lo que somos y tenemos y Él de una manera misteriosa pero real nos lo devuelve transformado. Eso que somos y tenemos se convierte en gracia. Cuando salimos estamos más alegres, más fuertes, más capacitados para amar porque Dios por medio del sacerdote y gracias a Jesús se hace presente. No sé si esto que digo es teológicamente correcto pero para mí lo importante es que ha habido un ofertorio, una consagración, y una comunión.
Los cantos, la decoración, la forma de colocarse, la luz ambiente…., todo eso puede ayudar, pero también, estorbar. Lo importante es que sepamos qué es lo que ahí esta pasando y que lo vivamos como un momento de gracia muy especial.