26 de noviembre de 2012

La iglesia no son las paredes, sino nosotros

Esta frase la he leído en un periódico digital que no conocía, en un artículo que os recomiendo. Habla sobre la facilidad de utilizar espacios públicos para la celebración de la Eucaristía.
Si la iglesia somos nosotros (y no las paredes), nuestra celebración estará encarnada en el mundo en que vivimos.
En este ejemplo se ha utilizado la casa de la cultura del ayuntamiento para acoger las celebraciones de una parroquia durante unas obras, pero cualquier motivo es bueno para que la Eucaristía se convierta en el espacio de la integración de la Iglesia con el mundo.

La noticia está escrita en un lenguaje aséptico, nada confesional, pero que resuena en el corazón cuando sigues a Jesús en tu vida. La Iglesia somos todos los que celebramos la Eucaristía. Hacen falta paredes para celebrarla, pero no siempre las de un templo. Hace falta una jerarquía para organizar la Iglesia, pero no siempre son los obispos los que nos acercan a Jesús.
El Espíritu actúa en los corazones, y eso es lo que construye la Iglesia.

20 de noviembre de 2012

En misa y repicando

Esta expresión tan conocida de "no se puede estar en misa y repicando" nos recuerda lo limitados que somos. Hacer dos cosas a la vez es complicado y lo que suele ocurrir es que te salgan mal las dos. Por este motivo la experiencia nos dicta hacer las cosas de una en una para no equivocarnos, o encargar a dos personas para repartirse el trabajo.

Pero también tenemos la otra expresión de "unos por otros, la casa sin barrer" que es lo que pasa cuando uno piensa que es otro el que se va a encargar de hacer una cosa concreta.

Pues algo de esto es lo que pasó en la última misa en la que estuve tocando en el coro. Durante la comunión, todos los del coro estuvimos muy ocupados "repicando" mientras estábamos en misa, incluyendo al que dirigía los cantos. De modo que se terminó de repartir la comunión mientras los del coro seguíamos cantando.
El que dirigía no cayó en la cuenta de reclamar al cura que tenía que darnos  la comunión, y el cura, que estaba a lo suyo, tampoco se fijó en los que faltaban por comulgar. Y así pasó algo, que no es la primera vez que me sucede, estando en misa me quedo sin recibir al Señor.

Ahora viene la parte profunda de esta reflexión: no puedo vivir sin comulgar. Recibir el cuerpo de Cristo es más que un alimento espiritual, es el abrazo del Señor de mi vida que da sentido a la existencia.
Cuando en una misa me pasa esto de quedarme sin comulgar, es como si no hubiera ido a misa.
El contacto con el Señor santifica y todavía no soy tan santo como para poderme permitir perder una oportunidad de recibir su gracia y su abrazo.

Hay otro refrán, que también podemos aplicar a la Eucaristía: "Con pan y vino se anda el camino". Nuestra vida, con Jesús, merece la pena.