16 de octubre de 2010

Presencia y adoración


La presencia del Señor en la Eucaristía es una fuente de agua viva. Pero no solo en la celebración sino también con su reserva en el sagrario. Esta presencia es tan grande que nos inspira el sentimiento de adoración que durante muchos siglos ha complementado la devoción a la Eucaristía.
En la carta de Benedicto XVI Sacramentum Caritatis, de la que ya hemos hablado aquí, hay un párrafo para explicar la relación entre la adoración y la piedad eucarística: "La adoración fuera de la santa Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la misma celebración litúrgica".

En la última tanda de ejercicios con Sergio pudimos dedicar cada noche un rato de oración a la adoración del Santísimo Sacramento, la presencia de Jesús entre nosotros. Entre cantos, oraciones y silencios el Señor nos iba hablando a cada uno de cómo seguirle en el día a día, y nosotros, desde nuestra pequeñez, sólo podíamos adorarle.
El canto más adecuado que conozco para esto es el Adoramus te de Taize que se puede prolongar durante tiempo indefinido, dejando que el alma se repose en el regazo del Señor. Todavía recuerdo la Pascua que celebramos en Taizé de universitarios donde aprendí esta canción y donde ví que durante toda la noche se estuvieron turnando grupos de jóvenes para cantarla adorando a Dios.